Te habrás encontrado a gente que se acerca al vino como quien colecciona sellos: etiqueta, check y a por la siguiente. También (seguramente menos) de la tribu opuesta, la de quienes vuelven una y otra vez a una botella porque les cuenta algo que no se agota en el primer trago. Entre una y otra, en pleno 2026, hay un campo de batalla silencioso donde se decide qué merece la pena de verdad: la cata a ciegas.
Enfrentarte a un vino sin la muleta del nombre es el atajo más brutal hacia la honestidad. No hay reputación que te salve, ni precio que te proteja, ni región que te dé puntos extra. Solo quedan la nariz, la boca y tu capacidad de ordenar el caos en diez minutos, a veces con tres personas más opinando a la vez. Por eso engancha: por la mezcla de juego y reto, por ese punto adictivo de acertar una pista mínima y, también, porque te pone en tu sitio. Como dice Daniel Monsonís, «los patinazos pueden llegar a ser épicos».
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